Todas las tardes cruzo la antigua plaza con la idea que apareces.
Apareces, a veces con los ojos tristes de tanta rutina incendiaria.
A veces con gesto de vergüenza, con ojos de vino y labios de fantasma triste.
Los días de calor excepcional, trenes y antiguas historias
brotan de tus manos, y casi casi casi sonríes
al ver mis chuecos dientes atisbando un beso
que arrastrará todas las costumbres del pueblo que inventamos.
Los días de lluvia te veo correr a mis párpados
enredándote en el olor otoño de mis pechos y mi vientre
y mirando tus ojos humeantes, la calle, la plaza, los vecinos
me parecen más reales y más felices.
Yo sigo teniendo en el desnudo total
pequeños montes de anís y violines blandos esperando al verdugo.
Pero lo único real es que dejé de verte.
Y que todas las tardes cruzo la antigua plaza con la idea que apareces.